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jueves, diciembre 17, 2009


No es lo mismo "Los tres mosqueteros" que "veinte años después".

Ayer, en una muy amena reunión, convivimos algunos de los que fuimos compañeros en aquel grupo "D" de la secundaria "Benito Juárez".

Aferrados a una agonizante tradición que nos prometimos en aquellos años, nos juntamos como lo hemos hecho la mayoría de los diciembres desde entonces, para volver a recordar que alguna vez fuimos niños, que cantábamos "Rock en tu idioma" y hacíamos fiestas de 4 de la tarde a 8 de la noche.

En verdad es muy placentero juntarme con ellos, porque me recuerdan al que fui, al que soñaba, al que miraba con ilusión un futuro que hoy ya lo puedo ver hacia atras; pero tambien me recuerdan al niño que quizás nunca conocí. Me ayudan a verme por un espejo retrovisor y me encanta poder conocerme ahora a travez de los ojos de los que me vieron crecer.

Y verlos ahora, y descubrir de nuevo esas sonrisas que nunca han cambiado, de verles la misma mirada de niños en esos ojos adultos, me parece una experiencia fascinante que me motiva a la profunda reflexión de qué tanto es posible que podamos cambiar aunque los años se acumulen en nuestras vidas.

Este año, cumplimos 20 años desde que nos dejamos de ver en las aulas. Este año, como muchos diciembres pasados, tuvimos la oportunidad de demostrarnos que nos importamos y que, aunque esta promesa de juntarnos cada año parece agonizante, pudimos darnos cuenta que nunca podremos separarnos.

Un abrazo.

viernes, noviembre 13, 2009

Debió ser en el año del 88.

En el taller de dibujo técnico industrial, en la secundaria, cuando la maestra Candelaria salía del aula, mis compañeros, los primos Puga cantaban como si fuera un acto prohibido ésta canción que en aquellos años sonaba cantada por "los toreros muertos":



Hoy, a más de 20 años de esos acontecimientos, me encontré esta versión con Molotov.

Me gustó.

Pero más me gustó recordar esa enorme aula llena de restiradores, reglas "T", y alumnos uniformados cantando canciones que para nosotros, eran irreverentes.

Hoy me resulta una canción tan "simpática"... Qué barbaridad... nos estamos haciendo viejos.

miércoles, febrero 18, 2009

La Fontaine y Andrés.
Hace muchos años, debió ser en plena infancia, me topé con un par de libros empastados como de enciclopedia que tenían una enorme colección de fábulas de La Fontaine. Me resultaban muy interesantes y gracias a las dramáticas ilustraciones de Gustavo Dore, adquirían ese toque de seriedad y le daban más fuerza a las moralejas que ahí se aprendían.

Leí esos enormes libros una y otra vez. Las fábulas me causaban tanta sensación, que terminaba comentando cada una de ellas con mis padres, con tanta pasión, como si ellos nunca las hubieran leído nunca.

Claro que lo importante de esas historias era siempre entender los sentidos de las moralejas. Y conforme tus padres tienen la paciencia de explicarlas con ejemplos más claros y sencillos, las lecturas toman una dimensión tan diferente que, la misma fábula, esa que se había leído ya tantas veces, vuelve y vuelve a maravillar a los jóvenes lectores.

Recientemente, Andrés nos ha pedido que le contemos cuentos antes de dormir. Al principio, improvisábamos historias donde los protagonistas le resultan familiares, como él mismo, por ejemplo; sus maestras, sus compañeros, etc.

Luego, se me fue acabando la inspiración y tuve que echar mano de los clásicos. Aunque, buscando historias muy-muy simples y simplificándolas aún más... si bien la intención es que Andrés se duerma, también pretendo que le resulten interesantes y pueda aprender algo de ellas.

ANDRES (Somnoliento) : "¿Papá, me cuentas un cuento?"

PAPÁ: "Claro que sí , hijo. ¿Cuál quieres que te cuente?"

ANDRES (Con un poco más de entusiasmo) : "El del patito feo."

PAPÁ (Con desgano) : "¿Otra vez? Ese ya te lo he contado muchas veces..."

ANDRES (Suplicante) : "Ese me gusta."

PAPÁ (Con un poco de ánimo) : "¿Te sabes el cuento de la carrera de la liebre y la tortuga?"

ANDRES: "No."

PAPÁ: "¿Sabes qué es una tortuga?"

ANDRES: "Sí."

PAPÁ: "¿Sabes qué es una liebre?"

ANDRES: "No."

PAPÁ (Tratando de hablar lo más rápido que puede para darle énfasis a la explicación) : "Una liebre es como un conejo. Corre muy rápido. RápidoRápidoRápido. Corretanrápidoquenoselevenlospies... vadeaquíparaallátanrápidoquecasinolapuedesver... Es muy rápida... Muy."

ANDRES: "Ajá."

PAPÁ (Ahora hablando con tonos graves y muy lentamente) : "Y como sabes, las-tor-tu-gas... son... muy... len-tas... pri-me-ro... dan... un... pa-so... y... lue-go... o-tro... des-pa-ci-to... muy... des-pa-ci-to... ca-mi-nan... muy... des-pa-ci-to... ¿Verdad?"

ANDRES: "Sí."

PAPÁ: "Entonces, un día en el bosque, hicieron una carrera para ver quién ganaba, si la liebre o la tortuga..."

ANDRES (Con un gesto de asombro) : "¿Sí?"

PAPÁ (Orillando a su hijo a sacar conclusiones) : "Si la tortuga es muy lenta, y la liebre es muy rápida... ¿Quién crees que va a ganar la carrera?"

ANDRES (Muy seguro de sí mismo) : "La tortuga."

PAPÁ (Hundido, sin palabras en un incómodo silencio) : "..."

Tuve que tragarme mi orgullo y contarle la historia tal y como la aprendí. Esa donde la tortuga contra todos los pronósticos, le gana la carrera a la liebre. Me hubiera gustado sorprenderlo con el inesperado final, y el sorprendido fui yo. Al final, cuando Andrés concilió el sueño, me di cuenta de cómo los adultos le queremos poner los paradigmas a nuestros hijos, y esperamos que ellos piensen y tomen decisiones bajo un esquema de valores ya predeterminado. Y Andrés me demostró que, pese a un pronóstico que lucía muy adverso, para él, su competidor favorito para ganar, era, ni más ni menos y para mi sorpresa, la tortuga.

jueves, enero 29, 2009



Mira, éste fui yo.

Seguramente en esa foto tenía entre 18 y 19 años.

Jugaba volibol, fumaba cigarros sin filtro.

Faltaba a clases para escribir la revista de la escuela.

Cenaba litros de café unos días, botellas de cerveza otros.

No me peinaba.

Dormía poco.

Usaba una pulsera mugrosa que sola se cayó cuando ella quiso.

Leía un libro cada mes, y tambien oía la radio en las madrugadas.

La "mucaila", tenía muchas hojas sueltas con dibujos hechos a mano en lugar de apuntes.

Ya estaba convencido de que éste país necesita un cambio.

Pensaba que la solución podía estar en mis manos.

Como ese, muchos sueños que tenía en esa edad, se fueron volando por las ventanas del camión que me llevaba a la escuela.

sábado, junio 14, 2008

Ayer, una cena de negocios, terminó en en un lugar de música cubana en vivo, y no pude evitar pararme a bailar con una japonesita que baila estos ritmos como si hubiera nacido del otro lado del mundo de las islas del Caribe.

Tuve que bailar por dos razones: Lo mío son los ritmos cubanos y por que fué ella quien me invitó a bailar. Tengo más de 4 testigos.

El caso es que independientemente de lo mal que yo bailo, la notoria falta de ritmo y coordinación motriz de mi pareja de baile, y de la risa que esta situación le causaba a mis compañeros de mesa, tuve un recuerdo ya muy lejano que se refrescó esa noche.

En la semana santa del año 2002, junto con otros 6 solteros, emprendimos un viaje a Cuba. Me vino a la memoria, junto con los acordes de las melodías que bailaba, esas calurosas noches-madrugadas, donde mi compadre y yo, junto con una bola de músicos cubanos cantábamos y bailábamos temas clásicos y los temas de moda.

En ese viaje, escuchamos y bailamos por primera vez, la canción de "Un montón de estrellas". Todo nuestro grupo, había sido contagiado por el ritmo y sabor de esa canción, y nos dimos a la tarea de buscar y comprar discos que tuvieran ese tema... Era una fiebre, que sería una pequeña muestra del efecto que causaría, meses despues en nuestro país, esa misma canción, invadiendo las más importantes estaciones de radio.

Una tarde de paseo por las calles de La Habana vieja, un señor, que por su aspecto podría ser confundido con el conductor de la guagua, estaba repartiendo autógrafos y se dejaba fotografiar por locales enloquecidos. De primera instancia, a ninguno de mis amigos les interesó este detalle y fuí yo solo quien se acercó a la pequeña multitud a preguntar quién era el tipo del sombrero que era abordado y besado por las señoritas de todas las edades. -"Es Polo Montañes". En ese momento ni a mí, ni a ninguno de mis acompañantes les resultaba familiar ese nombre, pero como yo ya estaba muy cerca de este personaje, me tomé una foto con él.

Días después, en alguna playa de Varadero, en una estación el radio local, pusieron "Un montón de estrellas"; subimos el volúmen del receptor, y, al término de la canción, nos fuimos de espaldas al oír que quien compuso y cantaba esa canción era el mismísimo Polo Montañes. Y yo tenía una foto con él, que pasó de ser una anécdota a ser una imagen muy valiosa.

Regresamos, y fuimos nosotros, quienes, promovimos esta y otras canciones en nuestros círculos más cercanos... el efecto de la melodía era unánime: A todos les gustaba la canción. Podíamos pronosticar que sería el éxito que fué, y que Polo, mi sonriente acompañante de esa foto sería un personaje muy famoso... que los autógrafos los daría ahora afuera del auditorio nacional.

Ese mismo año, en la primera mitad de noviembre, su nombre aparecía en un programa, anunciando un concierto con el marco de la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara, cuando Cuba había sido el invitado de honor. No es necesario que detalle el torrente de emociones que me obligaba a ir a ese concierto. No veía ninguna razón lo suficientemente poderosa como para poder perderme ese espectáculo, y por qué no, pedirle que me firmara la foto tomada meses atrás y que, ya en papel, llevaría ese día.

Se llegó el día del concierto, y en el auditorio al aire libre de la ExpoGuadalajara tocaba un grupo desconocido. Yo había cumplido mi palabra. Pero Polo no llegó. Polo había muerto 10 días antes de su presentación.

La noticia recorrió el mundo entero. Y ese año en la Fil, Silvio Rodriguez le dedicó una canción y un minuto de aplausos. Lina y yo estábamos en la penúltima fila, y mientras aplaudía, se me enchinaba la piel, porque para mis adentros, tarareaba su canción.

Ayer, mientras la japonesita sonreía agradecida en medio de una pista de baile, yo recordaba con detalle esta historia. Polo no está. Esa foto nunca se imprimió y quedó perdida en algún respaldo que dificilmente encontraré... Sólo me queda el recuerdo.

viernes, mayo 09, 2008

El último trabajo que tenía que entregar en el tercer año de secundaria, fué una maqueta del puente colgante "Golden gate".

Después de muchos intentos de muy baja precisión, una noche antes de la fecha de entrega, mi papá, como siempre, acudió a mi auxilio.

No era la primera vez que mi papá llegaba a rescatarme de la desesperación y angustia de mi exigente sentido de la calidad y limitada capacidad ejecutora. Desde la primaria, dejar una nota en la mesa del comedor con todos los materiales y las instrucciones de la tarea, eran suficientes, para que los trabajos más complicados e impresionantes aparecieran al día siguiente, listos para ser entregados. Recuerdo una vez, que, a petición de la maestra de tercer año, tenía que hacer, con tiras en cartoncillo, una línea del tiempo, en el que, cada centímetro, representaba un periodo de tiempo y que, en toda la cinta, se pudiera representar la historia del mundo desde su creación, hasta nuestros días, pasando por la era de los dinosaurios y la aparición del hombre. Recuerdo que en la mesa, había dejado un montón de cintas con algunos dibujos y recortes de láminas ilustradas que unidas, apenas hubieran rebasado los dos metros... sabía que me hacía falta mucho por graficas, así que, justo cuando tenía que irme a dormir, encomendé, a mi papá que terminara dicha tira del tiempo.

A la mañana siguiente, en una hoja de papel, encontré una carta donde me explicaba que, de acuerdo a las instrucciones de la maestra, la famosa línea del tiempo sería tan larga que podría darle 50 vueltas al salón de clases, y que no había suficiente cartoncillo en la mesa para terminarla. Dicha carta, era tan precisa en sus cálculos y tan clara en su explicación, que la maestra palideció al leerla en vez de mi línea del tiempo. Del mismo modo, tuvo que cancelar la revisión de las líneas del tiempo de mis compañeros que la más grande, debió rebasar apenas los 2.5 metros. Orgulloso, regresé a casa con la misma carta que la maestra había leído, a agradecer de nuevo a mi papá por el diez que nos habíamos sacado.

La mayoría de los mapas de geografía, casi todas las ilustraciones para mis trabajos de literatura, y un sinnúmero de trabajos manuales que requerían de una habilidad que yo todavía no había desarrollado, fueron las tareas, que, cual regalo de navidad, aparecían a la mañana siguiente en su escritorio, a petición mía en una cartita.

"Eres mi héroe, papá!", le decía, cuando sorprendido, recogía la tarea que tenía que entregar... Mi papá no sólo me había enseñado a leer y a escribir... sino que me acompañaba en toda mi educación básica, explicándome siempre más claramente cómo se hacían operaciones con quebrados, cómo se despejaba una fórmula, y más tarde, me enseñó todos los secretos de la factorización en una pared que funcionaba de pizarrón en la sala de mi casa.

Desesperado, con un montón de trozos de cartón, hilos hechos bola y un plano con medidas del "golden gate" en la mesa, le pedí de nuevo a mi papá que hiciera el milagro de construír, en una noche, una maqueta que tenía que entregar al día siguiente para una exposición de fin de cursos en el último evento de mi último año en la víspera de mi graduación de secundaria.

Nunca podré olvidar el asombro que me causó la madrugada del día siguiente, cuando pude tener en mis manos una réplica a escala con una precisión sorprendente del famoso puente en mis manos. El brillante color naranja, los hilos rojos, la perfección de la estructura de cartón, con lija simulando el asfalto... Parecía uno de esos adornos que podrían estar en el escritorio de algún ejecutivo importante.

Orgulloso, y ante la atónita mirada de la maestra de dibujo técnico y mis compañeros, entregué la pieza que sería la sensación de la exposición.

Al día siguiente, cuando la exposición iba a terminar, y yo me iría de vacaciones, para nunca más volver a esa escuela, me dí cuenta con mucha tristeza y frustración, que el puente que le había costado el desvelo a mi papá, y que sería el último trabajo que haría para mí, había desaparecido de la sala y nadie podía darme el paradero de dicha pieza.

No sólo sentía coraje e impotencia. Sentía una deuda muy grande con el hombre que, además de ser mi padre, había sido mi maestro y mi héroe toda mi vida. Por eso hoy, casi veinte años despues de ese acontecimiento, como un homenaje a ese maestro que sigue enseñando y cambiándole la vida a los hijos de otros, quise darle este cuadro con un esquema y medidas del "golden gate", como un recuerdo de esa que fué la última tarea que hizo para mí, sin ser la última lección que he aprendido de ese gran maestro.

miércoles, febrero 20, 2008

Si padezco de alguna enfermedad crónica es precisamente de "arritmia corporal". Los ritmos bailables simplemente no son compatibles con mi destreza psicomotriz.

¿Que si bailo? Sí, claro... bueno, hago el intento. Pero soy un pésimo bailarín. En las fiestas donde hay una pista de baile, termino haciendo el ridículo con mis torpes movimientos... y deveras lamento no saber bailar. Y no para ser el alma de la fiesta, sino por que he llegado a sentir el placer de hacerlo.

Cuando estaba en el último año de mi secundaria, y siendo ya muy conciente del terrible mal que me aqueja, hubiera estado dispuesto a venderle mi alma al diablo con tal de tener el don de bailar correctamente un ritmo brasileiro que se puso mucho de moda en aquellos años lejanos: La lambada.

En ese entonces, la autocensura y mi vergüenza me hacían cambiar de canal cuando esas tangas moviendose rítmicamente rosando las entrepiernas de hábiles bailarines aparecían en la televisión y mis padres estaban presentes. Tenía esa sensación de que veía algo prohibido.

Hoy, mi buena suerte me llevó a un video en youtube que desde luego, ahora lo puedo disfrutar con mucha más madurez... Y sí, si tuviera la oportunidad de hacer un pacto para conseguir el don del ritmo, todavía estaría dispuesto.